Marita Subiza, por César Magrini

La infancia: ese territorio de sueños irreales pero cada vez alcanzados; esa felicidad que no depende, afortunadamente, de la posesión de bienes materiales, pero si y por sobre manera de los espirituales, de las alas de inspiración y de los arroyos, los ríos y los mares de la fantasía, patrimonios que pocas veces se conservan con el peso y el fluir de los años, pero que la autora de estos inspirados cuadros sostiene vivos y eficaces, en parte y en mucho hay que agradecérselo para ayudarnos a nosotros, los adultos, a pensar y a creer que esos reinos se mantienen en los que son, como ella lo demuestra con sus espléndidos trabajos, pese a los desengaños y a las difíciles esperanzas.

La creadora de estas bienaventuradas visiones es asimismo poseedora de un diseño perfecto, realista y muy adecuado a los temas que trata, y su paleta, no por reducida menos expresiva, y mucho menos elemental y restringida, hace cumplido y elevado honor a esos dibujos, que se revisten así de una hermosura única y raramente alcanzada o, menos aún, sobrepasada.
Porque las suyas son telas que luchan victoriosamente contra las posibles lastimaduras del tiempo, que en este caso no tiene otro camino que el de replegarse y permanecer silencioso.
Habla en su lugar esa niña que, accidentalmente liliputiense, oscuramente vestida y con retazos de sol en su peinado, discurre en equilibrio sobre una imaginaria pero también simbólica manzana (¿es acaso vencedora del pecado del pasado?), o como en la otra obra, esta vez vestida del blanco de la inocencia, navega entre soñados nenúfares, magníficos, que integran una serie intemporal y encantadora, al servicio de la cual esta fina artista ha puesto todo su encanto.

César Magrini